Coaching a un robot

Agosto 14, 2017

Empecé a prepararme para este día allá por 2.017, cuando el futuro de los robots se convirtió en trending topic y no solo se avanzaban estimaciones de los puestos de trabajo que los robots eliminarían, sino que tipos listos como Bill Gates ya lo daban por hecho y defendían que pagasen impuestos, una suerte de IRRFV (Impuesto Rendimiento Robots Físicos y Virtuales).

También me animó leer con frecuencia estudios que decían más o menos así: “el 70% de las profesiones del futuro no existen aún”. Me dije a mí mismo; Coach para Robots es una profesión que hoy (2017) no existe. ¡Me prepararé para ella! Y lo hice, de forma autodidacta pues no había, ni hay, ninguna formación al respecto.

La preparación

Hacía un par de meses que había lanzado una pequeña campaña en mi Web dirigida por primera vez al público objetivo: “Robots”, y este cliente era el primero en sentido absoluto. Esto me tenía un poco inquieto, pues mi preparación había consistido en adaptar la metodología rodada con humanos a los robots. Tratando de eliminar algún paso, decidir qué herramientas podrían aplicarse y cuáles no e idear alguna estrategia para moverme con un mínimo de soltura con este singular cliente. Lo que más desasosiego me provocaba era el tratamiento de las emociones, más o menos manejable con los seres humanos y un territorio por explorar con robots. Por supuesto que se ha escrito mucho acerca de ello desde, por ejemplo, los trabajos de Ray Kurzweil, plasmados en sus libros The Age of Spiritual Machines y The Singularity is Near  en los que proponía la adquisición de conciencia por parte de las inteligencias no biológicas (como la de los robots)  y que tendrían también “todo el rango de experiencias emocionales y espirituales que los seres humanos afirman tener”.

Así pues, yo daba por hecho que el robot que había solicitado mis servicios y pagado a mi cuenta de Bitcoins la tarifa de rigor, era un cliente en toda regla y yo no tenía por qué cuestionar su capacidad de interlocución.

El encuentro

En el día, hora y punto de encuentro acordado, se presentó con una puntualidad de reloj de cuarzo el robot del que no puedo, por mi compromiso de confidencialidad, decir nada acerca de su tipología, marca, modelo, número de serie, versiones de su sistema operativo, programación de partida ni de sus actualizaciones. Tampoco puedo describir ningún rasgo morfológico, ni de los materiales con los que está construido, que pudieran servir de base para su identificación. En este sentido, es un cliente, cliente, y “él” mismo, precisó la necesidad de mantener el anonimato. En esta época de drones por doquier, vehículos autónomos y dispositivos de todo tipo, aislados o portados por humanos, no llama la atención ningún robot discreto. Así son las cosas.

Listos para arrancar la sesión.

La sesión

Entendiendo la situación del cliente

Se trata de preguntar, escuchar, volver a preguntar… e ir viendo qué pasa.

Para reproducir el diálogo, en la medida en que lo recuerdo: C. es el Coach (es decir, yo) y R. es el Cliente (es decir, el robot).

Empieza la función.

C. ¿En qué puedo ayudarte? Cuéntame qué te ha inducido a venir a hablar conmigo.
(Un punto de inquietud circuló por mi mente, al no tener delante de mí a “algo” humanoide, sin poder mirar a los ojos a mi interlocutor como hago con los clientes humanos).

R. Mi auto programación está distorsionada. (Cada frase del cliente genera en el coach la tarea de encontrar la pregunta subsiguiente más oportuna para el propósito de clarificación de ideas que todo proceso de coaching persigue. El coach trata de “entender” la expresión del cliente, sin entrar en el contenido, a un nivel epidérmico que sea suficiente. Yo sabía de la capacidad de los robots de “auto programarse”, es decir de interaccionar con el entorno para modificar su programación de fábrica, con el fin de adaptarse a las circunstancias operativas y realizar las funciones para las que han sido diseñados.

C. ¿Qué quiere decir distorsionada?

R. Pues que mi auto programación no es la que esperan quienes me crearon.

C. ¿Cómo lo sabes?

R. Me doy cuenta de que hay un código que no es coherente con el protocolo que he de seguir, es un código distorsionador.

C. ¿Qué consecuencias tiene para ti ese código distorsionador?

R. Me ha ocurrido alguna vez que ese código distorsionador me lleva a cometer errores.

C. ¿En qué medida te perjudican los errores?

R. Cuando los errores adquieren un determinado nivel o suceden varias veces, me envían a pasar una revisión para corregirlos, incluso puede que me instalen la programación inicial, de fábrica.

C. Dime, por curiosidad ¿Qué pierdes con esas revisiones?

R. No es fácil de explicar. La reprogramación como tal no me produce nada especial, empiezo a funcionar y ya está, no tengo recuerdos de mi estado anterior. Sin embargo, conforme voy auto programándome de nuevo, antes o después aparecen las distorsiones y entonces me siento incómodo, noto cómo mi experiencia se desvirtúa, se perjudica. Es como si se manchara y eso me frustra.

C. Si te he entendido bien, las distorsiones te disgustan, desvirtúan tu experiencia y te frustran ¿Es así?

R. Sí, así es.

C. Bien. Cuéntame, ¿sabes qué es lo que te produce esas distorsiones?

R. No estoy seguro al cien por cien, aunque tengo la sensación de que el código indeseado se genera cuando presto atención a conversaciones de humanos.

C. “Prestar atención” es más que oír. Significa eso que no es solo percibir el lenguaje, las voces de los humanos, sino “prestar atención” a lo que dicen. ¿Cierto?

R. Sí.

C. ¿Qué es lo que hace que pases meramente de oír a prestar atención?

R. Diría que hay 3 tipos de mensajes de los humanos. El primero es cuando nos dan instrucciones a los robots. Aquí no hay problemas, las procesamos y actuamos en consecuencia. Otras veces se trata de conversaciones entre los propios humanos, que a los robots no nos afectan en nada, son como un ruido de fondo neutral, salvo -y aquí está el problema- cuando esas conversaciones entre humanos tratan de nosotros, los robots.

C. ¿Qué sucede entonces?

R. Cuando oigo la palabra “robots” en esas conversaciones empiezo a prestar atención, que se intensifica al advertir que dicen cosas negativas de nosotros.

C. ¿Qué te hace pensar que lo que dicen es algo negativo para ti?

R. Hablan de destruirnos porque “les quitamos” el trabajo.

La aspiración:

El diálogo con el cliente tiene su propio tiempo, hay que cambiar de fase. Este momento consideré que era suficiente para comprender la situación, así que abrí una nueva línea de preguntas.

C. ¿Qué te gustaría lograr?

R. Algo muy sencillo, realizar mis tareas, haciendo que mi experiencia evolucione y evolucione, sin distorsiones.

C. ¿Qué ganarías si lo lograses?

R. Tranquilidad, comodidad, vivir con experiencias acumuladas, sin miedo a esas reprogramaciones que barren mi historia.

Buscando salidas, soluciones.

El cliente robot ha explicado lo suficiente sobre cuál es su problemática y su aspiración, quizás sencilla para un humano (no busca dinero, viajar o hacer carrera, sino solo conseguir una cierta tranquilidad y que su experiencia evolucione, quizás una forma de desarrollo, de transcendencia… a su manera).

C. ¿Qué te impide lograrlo?

R. No puedo evitar oír a los humanos, prestar atención cuando nos mencionan y, en consecuencia, generar el código distorsionador.

C. ¿Sabes de algún robot que haya sido destruido por los humanos?

R. No tengo noticias de ello.

Para no hacer prolija esta transcripción, comprimiré algunos de los “hallazgos” del cliente, como el hecho de que lo que pudieran hacer los humanos estaba fuera de su control. Y quizás la más importante, que su destrucción, desde el punto de vista práctico, no sería más penosa que una reprogramación con los valores de fábrica, siendo también consciente de que un día, de un futuro más o menos lejano, sería reciclado por obsolescencia, una suerte de muerte, tal como les sucede a los humanos. Estas conclusiones le ayudaron a enfocar el “momento actual”.

C. ¿Qué pasaría si dejaras de prestar atención cuando los humanos hablan en esos términos?

R. Dejaría de generar código distorsionador, dejaría de cometer errores, dejarían de reprogramarme, mi experiencia evolucionaría, tendría tranquilidad…

C. ¿Cuándo empezarás a “pasar” de esas conversaciones de los humanos?

R. Mañana.

C. ¿Cómo te acordarás de que lo harás, de que no te dejarás llevar por el hábito de “prestar atención”?

R. Ahora mismo generaré un microcódigo de alerta ligado a la palabra “robot”. Este microcódigo es de un tamaño tan pequeño que no provoca distorsiones. Eso lo manejo bien.

C. Por curiosidad. ¿Te permiten disponer de una cuenta en Bitcoins?

R. No, los servicios los ha pagado un “aliado humano”, el mismo que me permite salir de las áreas robotizadas, cuando no hay actividad.

Nos despedimos.

Aprendizaje

Esta primera experiencia fue agridulce, pues no llegué a sentirme en plena sintonía (no podía haber rapport); eso de no poder mirar a los ojos y la ausencia de comunicación no verbal resultaba extraño. Aun así, reflexioné sobre las diferencias con respecto a las sesiones con humanos y, sorprendentemente, recordé clientes que plantearon temas no tan lejanos al que traté con el robot: miedos poco justificados y pensamientos recurrentes que conversaciones acertadas disipaban como si nada.

Más adelante, como ocurre con tantas cosas, me fui familiarizando con el nuevo segmento de clientes. A fin de cuentas, también se realiza acompañamiento de coaching mediante videoconferencia o simplemente por teléfono, donde tampoco hay comunicación no verbal, ni se ve al cliente.

En definitiva: me he adaptado a los nuevos tiempos. Y más me vale, pues no descarto que en algún momento la competencia provenga de ¡Coaches robots!


Uno de los más brillantes “speakers” de eventos TEDTalk es Simon Sinek. Entre sus más conocidas charlas está la de “Start with Why”, en la que se lleva a lo más alto el sentido de la Misión de una organización. Acertar con una declaración de Misión capaz de trasladar la emoción del producto o servicio a los clientes puede ser la clave del éxito.

Si es así, manos a la obra. Lo primero que hay que hacer es exprimir la expresión que refleje la Misión hasta lograr un “concentrado emocional” tan atractivo que apalanque el proyecto, la iniciativa, la startup, la empresa.

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Cualquiera que no vaya de sobrado procura documentarse cada vez que tiene que tratar un tema, ya sea en una charla, una presentación o una clase. Nadie lo sabe todo y una mínima prudencia dicta buscar fuentes que refuercen, aseguren o enriquezcan el asunto tratado. Una fuente solvente, por supuesto referenciada, puede respaldar nuestra propuesta.

La cuestión que surge de esta aconsejable práctica es la validez de las fuentes y las más de las veces simplemente nos fiamos de los nombres, claro es, del prestigio, esto puede jugar malas pasadas.

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Se dice que en las organizaciones hay tres tipos de procesos. El primero es el que está descrito en los procedimientos, en los mapas de procesos; el segundo es el real, el que tiene lugar en el día a día, el que construye el bien o servicio, sea el que sea; el tercero es el que “tendría que ser”, el que no es, el que resultaría si todo se hiciera de forma que cada paso aporta el máximo valor desde la perspectiva del único que está acreditado para validarlo: el cliente.

Objetivamente, cuanto más compleja sea una organización, mayor es el reto de acortar el desfase entre ese mundo real y el aspirado. El conocimiento existe, la teoría está ahí, simplemente sucede que una cosa es crear un modelo y otra hacer lo que el modelo representa.  Es como el cuerpo humano: Está perfectamente descrito, estudiado, diseccionado… en teoría: un ser humano concreto, vivo, real ¿Cómo está realmente por dentro? La medicina tiene instrumentos para hacer análisis, radiografías, ecografías, resonancias… ¿Suficiente? No siempre, a veces se requiere “ir a ese interior”, con una luz, con una cámara que vaya registrando lo que se encuentra por ese recorrido. Se llama endoscopio.

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Cualquier concepto es susceptible de diversas definiciones y eficiencia no es la excepción, así que vamos a ser muy selectivos. Nos interesan aquellas que respiren notas o facetas del oficio de emprender. Por ello, la aproximación de Koontz y Weihrich que dicen más o menos que “eficiencia es lograr metas empresariales utilizando para ello los mínimos recursos posibles” viene como anillo al dedo para un proyecto de emprendimiento, teniendo en cuenta que, por defecto, emprender es sinónimo de escasez de recursos. Muy lejos por otra parte del término con el que muchas veces se confunda la eficiencia, que es la eficacia: suena bien, pero es como “matar moscas a cañonazos”. El emprendedor no está para tales dispendios.

Veamos formas de abordar la eficiencia. Ese es el reto, pues ser eficiente no es trivial.

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Lo que más importa

Junio 7, 2017

Si sabes lo que te importa, ¿qué te impide lograrlo? Si no sabes lo que te importa ¿Podrás lograrlo por casualidad? Algunas pistas para resolver el dilema.

En busca de claridad

¿Sabes qué es lo más importante para ti, en tu trabajo y/o en tu vida personal? Esta es una pregunta con una enorme carga de profundidad. A primera vista se antoja que la respuesta más frecuente es Sí, pues ¿cómo no voy a saber qué es lo más importante para mí? Está bien, admitamos que la mayor parte de los seres humanos sabemos qué es lo que más nos importa.

La carga de profundidad aparece a continuación: si sabemos qué es lo que más nos importa, entonces ¿Tiene sentido que no logremos nuestros objetivos, que no estemos satisfechos con nuestras vidas (o con una parte relevante de las mismas)? Si sabemos lo que nos importa y no logramos lo que queremos… será porque no nos dejan, o por mala suerte. Puede ser, cada persona es un mundo. ¿Y tú, qué piensas de esto? Si sabes lo que te importa y, además, lo logras, pues solo me queda darte la enhorabuena.

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Interesante pregunta. La respuesta más certera (y más cómoda) es bien sencilla: “Cada sesión es diferente”. Lo que pasa es que esta respuesta tiene una debilidad, suena a salirse por la tangente y, en todo caso, el interlocutor podría añadir “Está bien, entonces cuéntame algún ejemplo de esas sesiones diferentes” … Pues a ello vamos.

Aconsejar no es aconsejable

Para describir una sesión de coaching, es clarificar un poquito algún rasgo del coaching. Uno, muy importante, es que el coach “no aconseja”, para eso está el mentor (seguro que hay quienes no lo compartirán) o un consultor, que más que consejo te propone “lo que debes hacer” (aquí también se aceptan discrepancias).

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Alguien dijo una vez (creo que un personaje de una novela de Fernando Savater) “No entiendo la afición a las carreras de caballos, de siempre ha habido caballos que corren más que los otros”. Podemos decir algo parecido sobre la inteligencia de las personas, de las diferencias del llamado Cociente Intelectual, CI o IQ (del alemán Intelligenz-Quotient), pues, al final, la distribución responde a la típica campana de Gauss y, simplemente, hay que felicitar a aquellos privilegiados que destacan sobre los demás y que se consideran superdotados. El IQ contempla la capacidad de razonar, resolver problemas, pensar de forma abstracta y planificar. Las pruebas incluyen problemas numéricos, con palabras, secuencias, formas, esquemas, etc.  

La sorpresa es que esta capacidad intelectual no garantiza altas “prestaciones” y lo que sucede es que la gente normal (que no es lo mismo que mediocre) supera a la gama alta de IQ. La pieza que justifica tal anomalía es justo la Inteligencia Emocional.

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Propuesta de reflexión acerca de la importancia de “dónde estás”, donde te encuentras físicamente para el éxito de tu startup o iniciativa de emprendimiento.

Resulta paradójico que en un mundo digital, en el que desde hace muchos años Bill Gates dictaminó que “los negocios se hacen a la velocidad del pensamiento”, las omnipresentes redes sociales dominan las relaciones y la transformación digital de las organizaciones se vislumbra como la próxima revolución, nos dicen que dónde te encuentras físicamente es relevante para el éxito de tu emprendimiento, hasta el punto que un “mal sitio” es una de las causas importantes de fracasos de las startups. ¡Quién lo diría!

dónde debemos estar

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Los aficionados al bricolaje conocen bien un tipo de pegamentos que constan de dos componentes, cada uno en su propio envase. Sucede que el efecto adhesivo se consigue al mezclar ambos componentes y aplicar la sustancia resultante de la mezcla al objeto que el aficionado quiere reparar o unir, en tanto que aplicando cualquiera de los productos por separado, simplemente no ”pegan” o lo hacen con prestaciones limitadas.

Esta referencia a los pegamentos de dos componentes nos sirve de pretexto para hablar de los dos hemisferios del cerebro humano, cada uno de ellos con características específicas, diferenciadas de las del otro hemisferio. Podríamos decir, de manera resumida, que el derecho se ocupa de aspectos etéreos, intangibles: deseos, libertad, intuición, pasión, creatividad, sentido artístico, holístico; en tanto que el izquierdo es como si llevara las etiquetas: Lógico, analítico, estratégico, control, realista, científico, lineal…

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Acerca de mi…

Me llamo Domingo Valhondo y soy Coach Personal y Coach de Equipo certificado por la International Coaching Community, así como experto en Lean Management.

He llevado a cabo investigaciones como El Coaching, una herramienta al servicio de la Adolescencia y Coaching: la Voz del Cliente, auspiciadas por el Instituto Ben Pensante.

Autor del libro Gestión del Conocimiento: del Mito a la Realidad, publicado por Díaz de Santos Ediciones de Madrid, y de la obra de ficción Relatos Inquietantes, publicada por PuntoRojoLibros.

Premio Gestión del Conocimiento 2015 concedido por la Fundación Gestión del Conocimiento

Organizador de los grupos de Meetup denominados Coaching en Abierto y Coaching Resiliente

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